Carta a Stephen Kokx, colaborador de Catholic Family News



Stephen Kokx, colaborador de Catholic Family News, recibió una carta que Monseñor Carlo Maria Viganò le escribiera.

Con mucho gusto les compartimos la traducción al Español, que hemos hecho. Para las personas que tengan dificultades para leerla, pueden escucharla en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=xrTwTOZ1-XA&list=PLQnsAqxpBzG1brR573i0u5M2LE6YSKrn0


Dicho lo anterior, ¡Comencemos!



<<Leí con gran interés su artículo titulado "Preguntas para Viganò: Su Excelencia tiene razón sobre el Vaticano II, pero ¿qué cree que deberían hacer los católicos ahora?",  dicho artículo apareció en Catholic Family News el pasado 22 de agosto (aquí).  Dado que estos son temas muy importantes para los fieles, con mucho gusto responderé a sus cuestionamientos. 

Usted me pregunta: "¿Qué significa" separarse "de la iglesia conciliar según el Arzobispo Viganò?".  Por mi parte, le respondo con una pregunta: "¿Qué significa separarse de la Iglesia Católica según los partidarios del Concilio?"   Si bien es evidente que no es posible mezclarse con aquellos que proponen doctrinas adulteradas del manifiesto ideológico conciliar, cabe señalar que el mero hecho de ser bautizados y por ende, miembros vivos de la Iglesia de Cristo, no implica la adhesión a la estructura conciliar; esto se aplica sobre todo a los fieles simples, así como a los Clérigos seculares y a los regulares, que por diversas razones, se consideran sinceramente católicos y reconocen a la Jerarquía.

En cambio, conviene aclarar la posición de quienes declarándose católicos, abrazan las doctrinas heterodoxas que se han difundido en las recientes décadas, siendo conscientes de que éstas representan una ruptura con el Magisterio que les precedió. En este caso es legítimo cuestionar su pertenencia real, a la Iglesia Católica, en la que a pesar de lo anterior, ocupan roles oficiales que les confieren autoridad. Una autoridad ejercida ilegalmente, cuando el propósito que tienen es obligar a los fieles a aceptar la revolución impuesta, a partir del Concilio.

Una vez aclarado este punto, es evidente que no son los fieles tradicionalistas, definidos por San Pío X como los verdaderos católicos, quienes deben abandonar la Iglesia, en la que tienen pleno derecho a permanecer y de la que sería lamentable que se separaran. Sin embargo son los modernistas, quienes usurpan el nombre católico, precisamente porque es el único elemento burocrático, que les evita que se los considere a la par de cualquier secta herética.  Este reclamo suyo sirve, de hecho, para no terminar entre los cientos de movimientos heréticos, que a lo largo de los siglos han creído que pueden reformar la Iglesia a su antojo, poniendo su orgullo por encima de la humilde custodia de la Enseñanza de Nuestro Señor.   Así como no es posible reclamar la ciudadanía de una patria cuyo idioma, ley, fe y tradición no se comparten, también es imposible que quienes no comparten la Fe, la Moral, la Liturgia y la disciplina de la Iglesia Católica, puedan reclamar el derecho a permanecer dentro de Ella e incluso a ascender dentro de los grados de la Jerarquía.

Por lo tanto, no caigamos en la tentación de abandonar -aunque con justificada indignación- a la Iglesia Católica, usando el pretexto de que está invadida por herejes y fornicadores: son ellos los que deben ser expulsados ​​del Recinto Sagrado, en un acto de purificación y penitencia, que debe partir de cada uno de nosotros. 

Es evidente que existen casos muy difundidos, en los que los fieles tienen serios problemas para asistir a la parroquia. También son escasas las iglesias en las que todavía se celebra el Rito Católico en la Santa Misa.   Los horrores que han sido desatados en muchas de nuestras parroquias y santuarios a lo largo de décadas, hacen que inclusive sea imposible asistir a una "Eucaristía", sin ser perturbado y sin poner en riesgo la Fe.   Por otra parte, se dificulta mucho el garantizar la educación católica, los Sacramentos celebrados dignamente, así como una guía espiritual sólida para uno mismo y para los hijos.  En estos casos, los fieles laicos tienen el derecho y el deber de buscar sacerdotes, comunidades e institutos fieles al Magisterio de siempre, y que puedan acompañar la loable celebración de la liturgia del Rito Antiguo, con una fiel adhesión a la Doctrina y a la Moral, sin concesión alguna, con respecto al frente conciliar.

Ciertamente, la situación es más compleja para los clérigos, ya que dependen jerárquicamente de su Obispo o de su Superior religioso; pero al mismo tiempo tienen el derecho sacrosanto de permanecer católicos, así como el derecho de poder celebrar de acuerdo al Rito Católico.

Por un lado, los laicos tienen mayor libertad de movimiento para elegir la comunidad a la que acuden para asistir a la Misa, para recibir los Sacramentos y la instrucción religiosa, pero por el otro lado, tienen menos autonomía debido a que dependen de un Sacerdote.   En otro plano, por un lado los Clérigos tienen menos libertad de movimiento, ya que se encuentran incardinados en la Diócesis o en la Orden, y por lo tanto, están sujetos a la autoridad eclesiástica; pero por el otro, tienen más autonomía debido a que ellos pueden decidir, legítimamente,  el celebrar la Misa y el administrar los Sacramentos en el Rito Tridentino, así como predicar de acuerdo con la Sana Doctrina.  El Motu Proprio Summorum Pontificum reiteró que tanto los fieles como los Sacerdotes, tienen el derecho inalienable de hacer uso de aquella Liturgia que exprese más perfectamente nuestra Fe. Este derecho debe ser utilizado hoy, no solo y no tanto para preservar la forma extraordinaria del rito, sino para atestiguar la adhesión al Depositum fidei, que solamente encuentra perfecta correspondencia, en el Rito Antiguo.

Diariamente recibo dolorosas cartas de sacerdotes y religiosos que son marginados o trasladados o excluídos, a causa de su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un ubi consistam [un sitio en donde pararse] que esté lejano del ruido de los Innovadores, es fuerte; pero debemos sacar un ejemplo de las persecuciones que sufrieron muchos Santos, incluyendo a San Atanasio, quien nos ofrece un modelo de cómo comportarnos frente a la herejía desenfrenada y frente a la furia persecutoria. Como ha recordado repetidamente mi venerado hermano, Monseñor Atanasio Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia, en la época del Santo Doctor de Alejandría, en Egipto, estaba tan extendido entre los Obispos, que casi llevó a la creencia de que la ortodoxia católica había desaparecido por completo.  Pero fue gracias a la fidelidad y al testimonio heróico de los escasos Obispos fieles que quedaban, que la Iglesia logró recuperarse.  Sin aquel testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado, y sin nuestro testimonio hoy, el Modernismo y la apostasía globalista de este Pontificado, no serán derrotados.

Por lo tanto, no se trata de trabajar desde adentro ni desde afuera: los cultivadores de la viña están llamados a trabajar en la Viña del Señor, y es precisamente allí en donde deben permanecer, inclusive al precio de su propia vida. Los Pastores están llamados a pastorear el rebaño del Señor, a mantener a raya a los lobos rapaces y a expulsar a los mercenarios que no se preocupan por la salvación de las ovejas ni de los corderos.  Este trabajo, a menudo silencioso y oculto, fue realizado por la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, la cual tiene el mérito de no haber dejado apagar la llama de la Tradición, en un momento en que la celebración de la Misa Antigua, era considerada subversiva y por ello, era motivo de excomunión.  Sus Sacerdotes eran una espina sana en el costado del cuerpo eclesial, [sana espina] en el sentido de ser similar a algo insoportable para los fieles: un reproche constante por la traición cometida en contra el pueblo de Dios, una alternativa inadmisible al nuevo camino conciliar.   Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa, como consecuencia de las consagraciones episcopales, justamente gracias a ellas, dicha Fraternidad pudo protegerse del ataque furioso de los Innovadores, y su existencia permitió la posibilidad de la liberación del Rito Antiguo, que hasta entonces estaba prohibido.  Su presencia también permitió que emergieran las contradicciones y los errores de la secta conciliar,  tan proclive a hacer permanentes guiños a los herejes y a los idólatras, mientras que se mostraba implacablemente rígida e intolerante, hacia la Verdad Católica.

A Monseñor Lefebvre lo considero un ejemplar Confesor de la Fe, y creo que ahora queda claro cuán fundamentada y oportuna fue su denuncia del Concilio y de la apostasía modernista. No hay que olvidar que la persecución de la que Monseñor Lefebvre fue objeto, por parte de la Santa Sede y del Episcopado mundial, ante todo sirvió de disuasión para los católicos refractarios a la revolución conciliar. 

También estoy de acuerdo con lo que Su Excelencia Bernard Tissier de Mallerais, afirmó acerca de la co-presencia de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo ha sido ocupada y eclipsada por el equipo modernista conciliar, el cual se ha establecido dentro de la Jerarquía, utilizando la autoridad de sus Ministros para prevalecer sobre la Esposa de Cristo, que es nuestra Madre.

La Iglesia de Cristo, que no solo subsiste en la Iglesia Católica, sino que es exclusivamente la Iglesia Católica, solo ha sido oscurecida y eclipsada, por una extraña y extravagante Iglesia establecida en Roma, y que acuerdo a la visión de la Beata Anna Katharina Emmerick, coexiste, como el trigo lo hace con la cizaña, es decir, en la Curia romana, en las Diócesis y en las Parroquias.   No podemos juzgar a nuestros Pastores por sus intenciones, ni suponer que todos sean corruptos en la Fe y en la Moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos que hasta el momento presente se han sentido intimidados y silenciosos, a través de la extensión de la confusión y de la apostasía, comprenderán el engaño al que han sido sometidos, y finalmente saldrán de su letargo.   Numerosos laicos están alzando la voz; otros seguirán necesariamente, junto con buenos sacerdotes, ciertamente presentes en cada Diócesis.  Este despertar de la Iglesia militante -al que casi lo llamaría resurrección- es necesario, urgente e inevitable: ningún niño tolera que su madre sea ultrajada por los sirvientes, ni que el padre sea tiranizado por los administradores de sus bienes. Frente a estas dolorosas situaciones, el Señor nos ofrece la posibilidad de ser sus aliados y de librar esta santa batalla bajo Su estandarte: el Rey que vence sobre el error y sobre la muerte, nos permite compartir el honor de la victoria triunfal y de la recompensa eterna, que resultan de ella, después de haber aguantado y de haber sufrido con Él.

Pero para merecer la gloria inmortal del Cielo, estamos llamados a redescubrir, dentro de una época desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra y el heroísmo, un aspecto fundamental para todo bautizado: la vida cristiana es una milicia. Y con el Sacramento de la Confirmación, estamos llamados a ser soldados de Cristo, y bajo Su insignia debemos combatir.  Por supuesto, en la mayoría de los casos es esencialmente una batalla espiritual; sin embargo, a lo largo de la Historia, hemos visto con qué frecuencia, ante la violación de los derechos soberanos de Dios y de las libertades de la Iglesia, también fue necesario tomar las armas: esto lo enseña la enérgica resistencia para repeler las invasiones islámicas en Lepanto y en las afueras de Viena; la persecución de los Cristeros en México, de los católicos en España, y aún en el presente, la cruel guerra contra los cristianos en todo el mundo. Nunca como hoy podremos comprender el odio teológico de los enemigos de Dios, inspirado por Satanás: el ataque a todo lo que recuerda la Cruz de Cristo -la Virtud, la Bondad, la Belleza, la pureza- debe darnos impulso para levantarnos, y en un acto de honor, reclamar nuestro derecho no solo a no ser perseguidos por enemigos externos, sino también y sobre todo, nuestro derecho a tener Pastores fuertes y valientes, santos y temerosos de Dios, que hagan exactamente lo que sus predecesores han hecho durante siglos: predicar el Evangelio de Cristo y convertir a las personas y a las naciones, es decir, expandir por todo el mundo, el Reino del Dios Vivo y Verdadero.

Todos estamos llamados a hacer un acto de Fortaleza -virtud cardinal olvidada, que no por casualidad en el idioma griego [con el término andreía], ἀνδρεία- nos recuerda la fuerza viril necesaria para saber resistir a los modernistas: esta es una resistencia que tiene sus raíces en la Caridad y en la Verdad, que son atributos de Dios.

[Lo que a continuación viene en este párrafo, está dirigido a los sacerdotes] Si solamente celebras la Misa Tridentina y predicas la Sana Doctrina, sin ni siquiera mencionar el Concilio, ellos ¿qué pueden hacerte?, quizás te expulsen de tu iglesia [refiriéndose a los templos o parroquias], y luego ¿qué [harán ellos]?   Nadie, jamás, puede impedirte renovar el Santo Sacrificio, ni siquiera en un altar improvisado en un sótano o en un ático, tal y como lo hicieron los sacerdotes refractarios, durante la Revolución Francesa, o como todavía lo están haciendo hoy, en China.   Y si intentan distanciarte, resiste: el Derecho Canónico sirve para garantizar el gobierno de la Iglesia en la consecución de sus principales propósitos, es decir, no se hizo para demolerlo. Dejemos de temer que la culpa del cisma sea de quienes lo denuncian, y no de quienes lo llevan a cabo: ¡Los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo son cismáticos y herejes, no quienes lo defienden [al Cuerpo Místico], denunciando a sus verdugos!

Los laicos pueden pretender que sus Ministros se comporten como tales, prefiriendo a aquellos que demuestren que no están contaminados por los errores presentes.  Si una Misa se convierte en ocasión de tortura para los fieles, si se ven obligados a asistir a sacrilegios o a soportar herejías y desvaríos indignos de la Casa del Señor, es mil veces preferible que acudan a una iglesia en donde el Sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio en el rito que nos ha confiado la Tradición, y en donde éste predique de acuerdo a la sana Doctrina. Cuando los Párrocos y los Obispos se den cuenta de que el pueblo cristiano exige el pan de la Fe y no las piedras o escorpiones de la nueva iglesia, dejarán a un lado sus miedos y cumplirán con las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, auténticos mercenarios, se evidenciarán por lo que son y podrán reunir a su alrededor solamente a aquellos que comparten sus errores y sus perversiones. Se extinguirán por sí mismos: el Señor seca el pantano y hace árida la tierra sobre la que crecen las zarzas. Extingue vocaciones en los Seminarios corruptos y en los conventos que son rebeldes a la Regla.

Los fieles laicos hoy tienen una tarea sagrada: confortar a los buenos Sacerdotes y a los buenos Obispos, reuniéndose como ovejas en torno a sus pastores. Denles hospitalidad, ayúdenlos, denles consuelo durante las tribulaciones que atraviesen.  [Otra tarea para los laicos es] Crear comunidades en las que no predomine la murmuración y la división, sino la Caridad fraterna en el vínculo de la Fe.  Y dado que en el orden establecido por Dios - κόσμος [Cosmos]- los súbditos deben obedecer a la autoridad y no pueden evitar resistirla cuando abusa de su poder, no se les imputará ninguna culpa por la infidelidad de sus líderes, sobre quienes recae una gravísima responsabilidad, por la forma en que ejercen el poder vicario que les ha sido otorgado.   No debemos rebelarnos, sino oponernos. No debemos complacernos con los errores de nuestros Pastores, sino orar por ellos y amonestarlos respetuosamente. No debemos cuestionar su autoridad, sino la forma en que la usan.

Estoy seguro, con una certeza que me viene de la Fe, que el Señor, después de castigarnos por los pecados de los hombres de la Iglesia, no dejará de premiarnos, otorgándonos santos Sacerdotes, santos Obispos, santos Cardenales y sobre todo un Santo Padre. Estos santos surgirán de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestras iglesias: familias, comunidades e iglesias en las que la Gracia de Dios debe cultivarse con la oración constante, con la frecuencia de la Santa Misa y de los Sacramentos. Con la ofrenda de sacrificios y penitencias, que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad, para expiar nuestros pecados y los pecados de nuestros hermanos, incluso los de aquellos que ejercen la autoridad.   Los laicos tienen un papel fundamental en esto: custodiar la Fe en la familia, para que los jóvenes educados en el amor y en el Temor de Dios, puedan algún día ser padres y madres responsables, pero también dignos Ministros del Señor. Sus heraldos en las órdenes religiosas masculinas y femeninas, Sus apóstoles en la sociedad civil.

La cura contra la rebelión, es la obediencia. La cura contra la herejía, es la fidelidad a la enseñanza de la Tradición. La cura contra el cisma, es la devoción filial a los Sagrados Pastores. La cura para la apostasía, es el amor de Dios y de Su Santísima Madre. La cura para el vicio, es la práctica humilde de la virtud. La cura para la corrupción de la moral, es vivir constantemente en la presencia de Dios; sin embargo la obediencia no debe pervertirse [convirtiéndose] en un servilismo impasible y el respeto por la autoridad no debe pervertirse [convirtiéndose] en cortesía. No olvidemos que si el deber de los laicos es obedecer a sus Pastores, es aún más grave el deber de los Pastores, de obedecer a Dios, usque ad effusionem sanguinis. >>

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo.
  1º de septiembre del 2020.

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Traducción:
Beatriz Eugenia Andrade Iturribarría.
2 de septiembre del 2020.